El pueblo negro está de pie y está cantando, ¡que lo escuche todo el mundo!

Ilustración por Andrés Cruz (Ig: @cruzo_design)

“Lo mataron sin piedad, sin tener ningún consuelo ¡Ay!¡Ay! Saturio fue fusilado. Y así como usted lo oye, la orden fue del Estado ¡Ay!¡Ay! Saturio fue fusilado”

Alabao de Elena Hinestroza para líder afrocolombiano Manuel Saturio Valencia

Las velas se encienden, los tambores resuenan, las faldas se mueven, el alabao retumba. “¡Quiero cantar, aunque caiga desmayao!” y el festival de la vida y la muerte continúa. El pueblo negro está de pie y está cantando, ¡que lo escuche todo el mundo! La poesía, los currulaos, las décimas, los cantos, las tamboras, los rezos, el llanto, los mitos, el pogue y el bullerengue acompañan a los muertos de la guerra y sus lastimados en carne y espíritu.

Por años y años las comunidades afrocolombianas, raizales y palenqueras han despedido a sus hermanos víctimas del conflicto armado entre tamboras y versos, con llanto, pero también con la alegría de saber que sus almas no sufrirán nunca más las desventuras de los hombres. 

Es así como, generación tras generación, la tradición oral ha sido la encargada de mantener viva la esperanza del pueblo negro a través de sus expresiones y el sabor de su cultura. Durante épocas de infernal angustia en el desasosiego de la guerra, la fuerza de la palabra les dio un aliento para resistir.

Las comunidades negras de Colombia han sido, según la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas, uno de los pueblos más afectados por la guerra. De acuerdo con María Ángela Salazar, miembro de la Comisión de la Verdad y la JEP (Jurisdicción Especial para la Paz) hasta el 2019 más de 4,6 millones de afrocolombianos han sido víctimas de todo tipo de violaciones a los derechos humanos durante el conflicto armado.

En busca de una sanación integral y de una reparación digna, el pueblo negro ha utilizado expresiones artísticas como la poesía, que narra y describe profundamente los dolores y la angustia que han padecido a causa del conflicto a lo largo de la historia.

Voces Ancestrales

Mujeres negras, guerreras y luchadoras incansables son la viva representación de la fortaleza y el aguante en momentos de dificultad. Es por esto, que nacen proyectos como ‘Voces Ancestrales’ creado por la poeta Mirian Díaz, en el que, a través de la poesía sanan sus heridas y avivan su cultura oral en pro de la construcción de la paz.

‘Voces Ancestrales’ se compone de una antología poética en la que 12 mujeres afro escriben sus más profundos sentimientos, recuerdos y memorias para manifestar las huellas del paso del conflicto y la pandemia por sus vidas y las de su comunidad. Personas como Cecilia y Emilia comparten un poco de su sabiduría ancestral en este libro para demostrarle al país que ellas nunca se quedarán en silencio.

El pichón de cantaora

Cecilia Cuesta, una mujer afroatlanticense, escritora y psicóloga con conocimientos en conflicto social y construcción de paz, que adicionalmente se desempeña como enlace étnico para la macro regional caribe e insular en la Comisión para el esclarecimiento de la verdad, ha hecho de la tradición oral una forma de transmitir las enseñanzas y legados culturales de su pueblo a través de su participación en ‘Voces Ancestrales’.

Cecilia, con una mirada cálida, una sonrisa sincera y la sensibilidad de una mujer artista, que vive por y para su comunidad, habla de la tradición oral como la inspiración de todo lo que es y representa el pueblo afro.

“Es una fuerza espiritual que nos sostiene, que nos protege, que nos aviva, que nos convoca, que nos reúne, que nos alegra, que nos baila, que nos danza, que nos canta por dentro muy fuerte” afirma Cuesta.

Foto de Cecilia Cecilia Cuesta Morales

Con cantos y poemas, Cecilia grita y vocifera la historia negra de su pueblo, espera que con el arte y la cultura sea conocido el poder de los saberes ancestrales que poseen. “Somos hermanas dispersas por el país, tenemos una raíz profunda que nos ancla, que nos une y adhiere. Eso debe de hermanarnos en las voces, es un acto profundo de resistencia”, dice Cecilia.

Esta bella caribeña escribió “Parque de la convivencia” como un reflejo muy íntimo de lo que es el conflicto armado para ella y con este describe su tierra y los saberes que la componen.

Parque de la convivencia

Antes de la niebla y antes del sol

despiertan las escobas, las arepas y los perros

duermen los rateros arrullados por los gallos,

chuchas frías y carpinteros.

insomnes goleros y cercas eléctricas

esperan su presa.

Destila esperanza el día para el ternero,

la vaca, el mango y el matarratón.

destila miedo para el caminante armado

de machete, palo o piedra.

Mueren la hierba y el trupillo esperando la lluvia,

se reseca Anastasio esperando

que vuelva a su tierra.

El inerme trenzado de troncos reverdece

recuerda la utopía de la paz

que sirve para caminar

día tras día.

Cecilia Cuesta, Sabanalarga, Atlántico

Jueves 4 de marzo 2021

Para Cecilia hay tantas formas de resistencia al conflicto como personas en este país. “Hay personas que lo han hecho retornando a sus tierras sin tener garantías, parando en sus casas, aunque todavía este rondando el actor armado, están quedándose en su casa, aunque están siendo forzados a ser desplazados. Transmutando el dolor de víctimas en líderes y lideresas que acompañan los procesos de los que han sido víctimas, con expresiones artísticas y culturales, composiciones de decimeros, de las cantadoras y demás. Soy fiel creyente de que las artes restablecen, reconstruyen y eso ha sido importante para llegar a esa fase de reconstrucción”, concluye la atlanticense.

En su acompañamiento psicológico con víctimas del conflicto ha sentido el dolor y la agonía de una vida entre balas y sufrimiento. Para ella, quienes hacen acompañamiento también son parte del conflicto, aunque no hayan sido víctimas directas.

Cecilia recuerda que “en dos ocasiones por este acompañamiento tuve un episodio de agotamiento por compasión, que es vivir los mismos síntomas que vive una persona que ha sido víctima del conflicto (…) tener en sueños los recuerdos, tener episodios depresivos por la desesperanza que se aprende, etc”

Esta fuerte barranquillera se denomina así misma como un pichón de cantaora, ya que de ellas está aprendiendo a reconstruir el tejido social a través del arte. “La cantaora tiene un rol muy importante dentro del pueblo negro, ella acompaña todos los momentos vitales de una comunidad, todos los momentos en los que la existencia toma un matiz diferente y necesita ser profundizado, como la vida, la muerte o cualquier tipo de tránsito y festejo. Una cantadora anima, pero llora con su gente, le duele y denuncia los actos de injusticia que viven sus hermanos, es la voz de la comunidad. Es maestra de vida”

Foto de Cecilia Cuesta Morales

Declamadora de la memoria

Desde muy pequeña, Emilia Eneyda Valencia Murrain, sabía que su destino era escribir. A sus cinco años ya sabía leer, desde sus siete empezó a declamar, escribía coplas, poemas y canciones, pero por las tragedias de su vida abandonó las letras poco después.

Pero lo que escrito está, escrito se queda, y sería después de un bloqueo creativo de 30 años que esta resiliente mujer afrocolombiana caminaría de nuevo por la carretera de las palabras y sería parte de las ‘Voces Ancestrales’ de su comunidad.  

“Me llamó Mirian Díaz un día cualquiera para que formara parte Voces Ancestrales, pero yo le dije que yo no estaba escribiendo que hacía mucho tiempo había dejado de escribir. Ella insistió y yo tenía algunas cosas escritas que surgieron de mi experiencia de vida y traté de perfeccionarlas para salir en este proyecto”, cuenta Emilia.

Después de su regreso a la escritura empezó un viaje por la tradición oral con colectivos como ‘Cimarroneando el verbo’ que es una especie de laboratorio de poesía con mujeres negras del pacífico colombiano, o ‘Cucuruchando en la memoria’ que es un proyecto con niños y niñas de recopilación de relatos y vivencias del pueblo afro.

Según Emilia, “la tradición oral tiene todo lo que yo llamo la ética del vivir y del morir de las comunidades negras, cosas que mucha gente no conoce pero que en un momento han contado o han narrado desde su visión, desde afuera. Es importante que eso sea contado desde las voces de sus protagonistas para desvirtuar muchos imaginarios negativos o satanizados de cómo son las dinámicas en nuestros pueblos”

Foto de Emilia Eneida Valencia Murrain

Emilia, quién ha liderado la asociación de mujeres afrocolombianas AMAFROCOL desde hace más de 20 años haciendo trabajo social comunitario, ha estado en espacios de mujeres víctimas del conflicto; mujeres con hijos engendrados por causa de las violaciones, niños que no saben quiénes son sus papás y a causa de esto ha tejido unos lazos de amistad y de acompañamiento que todavía perduran para que las mujeres sigan su proceso a pesar de todo.

Hoy en día Emilia Eneyda Valencia Murrain trabaja en su tesis para especialista en escrituras creativas en ICESI, es licenciada en Lenguas Modernas de Univalle, con especialización en producción y comprensión textual de la misma universidad, es magíster en didáctica de FLE de la Universidad del Rosario, está escribiendo un libro de crónica autobiográfica y  aunque por muchos años fue docente de castellano y literatura, actualmente se desempeña como docente de idiomas, especialmente francés.

Para mujeres imparables como Cecilia y Emilia, proyectos como ‘Voces Ancestrales’, organizaciones afrocolombianas y todos aquellos grupos que se manifiestan a través de la tradición oral, los cantos, los versos, los bailes, los duelos, el llanto, la risa, el desconsuelo, el desamparo, los rezos de la vida y la muerte son los más puros gestos para decir adiós. Con ellos exorcizan y liberan a esos demonios del dolor y de la angustia del desarraigo.

Foto de Emilia Eneyda Valencia Murrain

Le probaron su inocencia, después que lo asesinaron ¡Ay!¡Ay! Saturio fue fusilado. Con esto no digo más ya mi lengua se detiene, de ver tantas injusticias hasta el corazón me duele, ¡Ay!¡Ay! Saturio fue… fusilado.

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